Pasolini contra la épica: cicatrices de guerra en La odisea, el regreso
Con La odisea: el regreso (2024), Umberto Pasolini —quien alcanzó reconocimiento internacional con Buscando a alguien especial, ganadora en el Festival de Valladolid— nos invita a redescubrir uno de los relatos más universales de la historia. En esta ocasión, el director convoca a dos figuras imprescindibles del cine de autor: Ralph Fiennes —galardonado por La lista de Schindler— y Juliette Binoche —recordada por El paciente inglés—, quienes dan vida a Ulises (Odiseo) y Penélope.
La historia es conocida: el regreso del rey de Ítaca tras la guerra de Troya. También lo es su desenlace: después de diez años, Ulises vuelve finalmente a su hogar. Sin embargo, Pasolini nos propone mirar más allá de la épica y detenernos en la intimidad de ese viaje. La verdadera odisea no es tanto el trayecto marítimo, sino el retorno emocional de un hombre marcado por la violencia. Las cicatrices de Ulises —en cuerpo y espíritu— lo convierten en alguien distinto al que partió, y esa transformación es, en realidad, el mayor obstáculo de su regreso.
Fiennes ofrece una interpretación conmovedora de un excombatiente que encarna el Trastorno de Estrés Postraumático, logrando que el espectador comprenda y empatice con su dolor. Por su parte, Binoche encarna a una Penélope compleja y contenida: mujer, madre y reina que, sin dejarse consumir por la espera, sostiene con dignidad su lugar en un mundo masculino, atravesado por la violencia y la intriga.
Más que una adaptación épica, la película se levanta como un manifiesto antibélico. Pasolini despoja a la guerra de cualquier gloria y nos muestra su crudeza: no hay héroes, solo sobrevivientes; tanto justos como injustos perecen, y las heridas trascienden el campo de batalla. La cinta plantea que el viaje más largo no es el de Ítaca, sino el de la sanación. Un trayecto que puede tomar diez años o una vida entera, pero que resulta inevitable, porque de lo contrario el regreso nunca llegará.





