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Mujeres con palas y machetes: el documental «Te nombré en el silencio»

«Te nombré en el silencio» es un documental dirigido por el joven cineasta de Culiacán, José María de los Monteros, que registra la incansable labor de búsqueda de «Las Rastreadoras», un grupo de mujeres radicadas en El Fuerte, Sinaloa, que salen por su propia cuenta, armadas con palas, picos y machetes para excavar, con la esperanza de encontrar algún indicio de sus hijos desaparecidos.

La idea que fundamenta el filme surgió a partir de una iniciativa promovida por una ONG «Open Society», que contactó al hermano del director (activista y productor de la película) para retratar alguna historia que reflejara la violencia vivida en el norte del país, de donde ellos son originarios. Después de sondear el tema, en entrevistas con periodistas y diversas personas, se dieron cuenta que el nombre de «Las Rastreadoras del Fuerte» era recurrente al hablar del tema, y decidieron acercarse a ellas para seguir sus actividades. Es por ello que el objetivo de este documental se apega a la definición más literal del verbo documentar, que significa reunir y presentar evidencias, archivos e informaciones acerca de un tema determinado; en este caso, del grupo-comunidad formado en Sinaloa desde 2014, iniciado por Mirna Nereyda Medina Quiñonez, tras la desaparición de su hijo Roberto, de 21 años de edad.

El grupo recibió su nombre del periodista Javier Valdez Cárdenas, fundador del periódico Ríodoce, reconocido por sus trabajos e investigaciones sobre las mafias de la région, que fue asesinado en 2017. El también culichi, contactó a la fundadora en el momento en que comenzaba a reunirse el colectivo, pues se interesó en el hecho de que se acercaran en ese entonces a las autoridades en búsqueda de apoyo para localizar a sus familiares, para recibir tan sólo largas negativas desinteresadas.

Inmediatamente luego de escuchar sonidos apacigüadores del mar y el viento, contrasta la apertura en donde vemos a Mirna gritar y llorar, tras encontrar finalmente fragmentos de la ropa de su hijo luego de 3 años de búsqueda; seguido de ello, nos encontramos en su casa, viendo cómo se prepara para salir a la oficina de Las Rastreadoras, con gafas, cabello corto práctico y tacones, contando que el uso de este último accesorio se ha vuelto un símbolo característico de su grupo frente a otros colectivos. Estos tres estados anímicos distintos presentados en continuo (el sosiego, la pena y la resiliencia), declaran el tono del documental, que si bien se suscribe a la desaparición forzada, un acontecimiento social delicado y de gravedad, no se enfrasca en la pérdida, sino en las acciones que estas mujeres han tomado a partir de ello y sugiere además aquello a lo que buscan llegar con sus esfuerzos.

Fuente: José María Espinosa (cortesía) en Noroeste.

Mirna llega a la oficina, se reúne con las mujeres e inaugura la búsqueda del día con un «buenos días mujeres, a echarle ganas, ya se la saben». Este grupo recibe de distintas fuentes (papeles bajo la puerta, mensajes escritos, llamadas, reportes y peticiones personales por parte de los familiares) datos de personas desaparecidas, que hasta 2006, al menos en el Estado de Sinaloa, sumaban más de 80,000. Es así como con informaciones mínimas (la ropa que utilizaban, la talla de zapatos, la edad) comienzan a indagar en los montes para tratar de dar algún dato a los familiares que continúan en espera de encuentros con vida, o con los restos al menos, de sus seres queridos. Mirna comenta en el transcurso de la película, que el cuerpo de su hijo fue el número 93 de los hallados durante sus trabajos de rastreo desde que comenzó sus actividades, y el único que no pudo encontrar completo.

Los cuerpos abandonados o sepultados en el monte, en ocasiones son dispersados por las aves de rapiña. Las Recolectoras se enfrentan a ello, a tener que buscar y reunir los cuerpos por partes, a caer en timos por parte de informantes de sicarios y a restos de animales que podrían confundirse con restos humanos; sin embargo, la experiencia ya permite a Mirna detectar cuando se está frente a una u otra situación, se guía del olfato, literalmente, y se apoya de herramientas diseñadas por ellas mismas para poder encontrar los cuerpos en medio de una árida tierra que parece devorar los cuerpos y las pistas casi por completo.

Pareciera que estamos frente a uno de los grupos de la sociedad civil que realiza el trabajo tedioso y asoleado que el peritaje estatal evita, personas movidas por el toque de la violencia activa del país, que al salir de su casa se despiden de sus mascotas y de sus cosas (como ellas dicen, por si acaso tampoco regresan a sus hogares) con la firme convicción de ponerle fin a un dolor sin límites -ya sea el propio o el de alguna compañera hermana- porque comprenden la angustia de tener que nombrar a diario y en silencio las ausencias, mientras se lavan los trastes, se prepara la comida, se tiende la ropa, se sale a la calle o se camina rumbo a recolectar restos, tomando pala y pico para excavar y tratar de devolver un cuerpo al hogar que pertenece.

Los días en que se conmemoran las desapariciones personales son dolorosos para Las Rastreadoras y el documental nos muestra este momento de solidaridad y contención que el grupo se brinda mutuamente; acierta en darnos una imagen que retrata a los círculos sociales como un apoyo fundamental de las pérdidas irretribuibles, para quienes queda tan sólo el deseo de saber en dónde -y de ser posible el cómo y el porqué– encontrar aquello que responda una duda infinita y asfixiante. Estas mujeres se enfrentan al dolor de fallar en sus búsquedas en ocasiones, a la falta de ingresos por dedicarse enteramente a rastrear y a continuar la vida cotidiana con la careta de fortaleza que les permite guardar el dolor innagotable de su perdida para sí mismas. La cinta recibió en 2021 el 25° premio José Rovirosa otorgado por la Filmoteca de la UNAM a mejor documental mexicano.

Este colectivo enarbola sus pasos bajo la frase «buscamos a nuestros tesoros» y con los encuentros de huesos y pedazos de ropa que dan a estas mujeres simultáneamente gusto y tristeza, esperan reducir el número tramposo de personas desaparecidas que «tal vez» no estén muertas, pero que a su vez «tal vez» tampoco sigan con vida. Una de las Rastreadoras apunta que estas informaciones indefinidas se mantienen de este modo porque es conveniente para las estadísticas no engrosarse, no reportar datos que confirmen el problema, que señalen responsables y falta de disposición para actuar al respecto. Las Recolectoras dicen «nosotras no buscamos culpables, buscamos a nuestros tesoros» y ven con claridad la necesidad de crear vínculos entre las diversas asociaciones civiles e independientes para poder obtener más resultados, más apoyo y más atención pública.

El sonido de este largometraje construye la tensión a partir de ensambles que remiten a las películas de terror, pero cuyo climax desemboca en images silenciosas del dolor. La cámara sigue las acciones de forma natural e inestable e incluso acata las órdenes de las personas a quienes documenta, repara en objetos físicos desoladores, vagamente en el entorno e incluso enfoca de frente los episodios de conmoción humana más evidente. Estos fragmentos de los acontecimientos no buscan exaltar sentimientos de dolor o tristeza, si bien reitera durante el metraje su tema, presenta la situación en palabras y acciones al rededor de Las Recolectoras, el encuentro de los restos del hijo de Mirna y el modo en que ellas buscan día a día, se basta con mostrar lo que acontece para narrar, mostrar evidencias en lo real y no en la creación de metaforas para crear reflexiones o conmociones.

Fuente: Ambulante Cine Documental Itinerante.

Las secuencias de imagen reunen fragmentos de entrevistas a algunas miembros del colectivo que describen su sentir acerca de la desaparición de sus familiares, algunas videograbaciones de las personas desaparecidas cuando aún se encontraban con sus familias y trayectos documentales que siguen el día a día de Las Recolectoras tanto en su labor en los montes, como en sus camionetas, en su oficina colectiva y en sus casas.

Queda decir que esta es una recolección de imágenes y sonidos del rastreo, del oficio que se ha vuelto tan parte de la vida del estado de Sonora como las desapariciones mismas. Es una muestra del papel de la muerte como una ambivalente posibilidad de vinculación con los otros, que deja coexistir en honestidad la personalidad tanto aguerrida como herida de las mujeres a quienes acompaña, con la crudeza de su razón de ser como colectivo. La necesidad de rastrear la verdad por cuenta propia a falta de respuestas por parte de quienes deberían ocuparse de encontrarla, es el motivo que congregó a estas personas en una búsqueda que se ve lejana a tener fin, puesto que día a día continúan agregándose ausencias provocadas por la desaparición forzada a esta lista silenciosa y dolorosa del país.

El documental fue presentado durante la edición 2021 de la «Gira de Documentales Ambulante» y volverá a exhibirse en cines durante este mes de mayo. Existe otro documental al respecto del tema, autoría de Adrián González Robles, de título «Las Rastreadoras» (2017) disponible para su visualización en FilminLatino.

FICHA TÉCNICA

  • Director: José María Espinosa de los Monteros
  • Fotografía: Daniel Zúñiga
  • Año: 2021
  • País: México
  • Duración: 84’
  • Edición: Horacio Romo Mercado
  • Sonido: Martín Hernández, Alejandro Quevedo, Luis Gil Silva
  • Música: Quincas Moreira
  • Producción: Paloma Cabrera, Juan Pablo Espinosa, Ixchel Cisneros, Elena Fortes, Daniela Alatorre, Luis Sosa, Sam Patillo
  • Compañía productora: EMT Films, Cinema del Norte, No Ficción

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