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La horrorosa búsqueda de atención pública: ENFERMA DE MÍ

Cine Canibal presenta “Enferma de mí”, una retorcida y extravagante farsa de horror sobre la identidad y la necesidad de convertirse en el centro de atención, precisamente en esta época, donde las redes sociales son la mismísima alfombra roja.

Acertadamente “Enferma de mi”, el primer largometraje del director noruego Kristoffer Borgli, fue presentada en Cannes como “casi” una comedia, pues es una película con un tema incómodo y un humor retorcido, que sin embargo esconde una metáfora del mundo actual. ¿Por qué? Pues porque señala un fenómeno mundial contemporáneo: el persecutorio narcisismo en el que nuestra imagen pública en redes sociales nos ha sumergido. La siniestra pregunta que plantea esta comedia de horror es, ¿qué estaríamos dispuestos a hacer para obtener la atención que tan desesperadamente necesitamos?

Una de las sutilezas que resalta monstruosamente en esta cinta, es sin duda la causa de la descabellada decisión que toma la protagonista, pues el personaje de Signe es presentado a partir de su relación como novia de un “exitoso” y vanidoso artista, que elabora sus obras con muebles robados, que de hecho ella le ayuda a conseguir; sin embargo él no deja espacio para ella ni en reuniones públicas, ni en su propia casa. La predominante voz y «relevante» presencia del novio insisten en invisibilizar a Signe, que contrariamente al reconocimiento que él recibe, es tan sólo una empleada ordinaria de una cafetería, que no obtiene siquiera agradecimiento por parte de su pareja por la contribución a su obra (y ya no digamos su atención emocional o apoyo). Dado este escenario, no resulta extraño ver cómo la joven de clase media-alta se vuelve el recipiente perfecto para detonar un “yo” desesperado por inventarse algo relevante acerca de sí misma con tal de ser vista, llegando al extremo diabólico de autodestruirse para obtener la atención de su novio, amigas, y ya alucinando y apuntando alto, del mundo entero.

Signe es una joven enferma de sí misma, porque tiene una voraz necesidad de tener los reflectores públicos, pues está totalmente poseída por el fetiche del siglo: obtener la mirada de los otros, ser el centro del escándalo. Tras atestiguar un accidente y probar por primera vez un poco la atención y la preocupación de otras personas por ella, Signe maquina un plan “perfecto” para obtenerlo todo, con un acto que guía la película hacia el horror corporal: la destrucción de su propio rostro. La fantasía de Signe la lleva a un lugar inesperado y la encamina a la explotación de la desgracia, a la parte más oscura de la inclusión: integrarla al mercado para consumirla.

El uso de farmacéuticos auto-recetados para tratar condiciones como la ansiedad; la competencia por ver quién se siente peor en una sociedad donde incluso las desgracias son explotables, si a los que se les ve la enfermedad o a los que no (y quién merece más atención por lo tanto); la explotación que hacen de la “diferencia” hoy en día las grandes industrias y plataformas públicas, como la Fashion Week, El Festival Cannes, etc., todas ellas marcas aparecidos en camisetas a lo largo de la película como una denuncia; la abundancia de desgracias que se entierran unas sobre otras en los titulares de los periódicos, así como la ligera línea límite trazada por la hegemonía sobre la inclusión de las minorías y el rechazo a lo “desagradable”, son puntos críticos que se intersectan con el debate central sobre el ego y la identidad en la película, un importante retrato de nuestro tiempo, en el que todos tenemos la capacidad de construirnos una historia pública basada quizá en mentiras, con tal de destacar y ser observados.

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