Coppola vuelve con «MEGALOPOLIS»: algo más que cine
Adam Driver protagoniza la última producción de Francis Ford Coppola, «Megalópolis», una «fábula» romana estrenada en Cannes 2024, que costó 120 millones de dólares.

La anécdota central de esta utopía caótica sigue a Cesar Catilina, un arquitecto que ha descubierto el «megalón», un material capaz de construir un futuro sustentable en su ciudad «Nueva Roma», que planea usar este poder para cambiar las cosas a su alrededor; sin embargo, lidia con una serie de dificultades, empezando por el alcalde Franklyn Cicero, que se resiste a su inovación. Sin embargo, más allá de la trama, el excéntrico estilo audiovisual con el que se ensambla la fábula (que pretende nada menos que retomar la antigüedad de Roma, fusionándose con una modernidad distópica), resulta fascinante de ver y escuchar.

Las críticas negativas a «Magalopolis» no se hicieron esperar tras su estreno, en el que incluso hubo una escena en la que una persona del público interactuaba con la película. Se le recriminó acercarse entonces al teatro, «regresar» a convenciones ya vistas. Es curioso cómo precisamente estas críticas nos hacen parecer un público desesperado por los éxitos, hambriento de lo comprensible, exigente de la innovación. Justo esa es parte de la crítica de esta película ¿realmente nos ha hecho avanzar la modernidad, algo ha cambiado en la naturaleza humana tras todos estos años de historia? ¿o seguimos siendo tan romanos como en aquel entonces, pero con nuevas tecnologías?
Existe una polémica en torno a que esta es una película de autor, además, de un director de clásicos como «El Padrino» y «Apocalypse Now». Por un lado, se le señala como incomprensible, retrógrada y demasiado ambiciosa, pero sin tener una «nueva propuesta», y por otro, se le tienen consideraciones especiales por ser la última entrega de un arriesgado director de 85 años. Pero yo me pregunto, ¿qué director vivo además de Coppola sería capaz de filmar «Megalópolis»? La respuesta es: nadie.
Desde el primer plano es evidente que no estamos ante una película comercial, ni ante un filme hecho para encantar al público: estamos ante cine, el cine de un veterano que ha explorado el lenguaje cinematográfico en múltiples producciones, que a lo largo de su carrera se ha arriesgado a desbordar los recursos del cine para saber de qué es capaz una película.

Once años después de su última película, Coppola nos entrega «Megalópolis», un filme en el que ocurren todo el tiempo un sinfin de cosas, en que el punto de vista cambia súbitamente de un momento a otro, y que serpentea entre escenarios y tramas, como si hacer cine fuera un juego de niños. El vestuario es la mezcla perfecta entre lo viejo y lo nuevo. Las interacciones y diálogos entre los actores encierran diversas posibilidades de reflexión e interpretación, dándole un carácter solemne a la historia en medio de la farsa y la comedia del exceso. Es una película que esconde varios relatos dentro, que tiene líneas que se bifurcan tocando múltiples aspectos de la modernidad. Creo que es una película que se tiene que ver varias veces y con atención, que gira en torno a la fama, el espectáculo, el derroche, la pérdida de la ética en favor del dinero, y la (in)capacidad de reinventar el mundo a partir de la creación artística.

«Megalópolis» nos presenta algo muy extraño, es una suerte de utopía-distópica. Se parece en momentos también a una bizarra obra de teatro, en la que sin embargo la cámara se desliza como un ente omnipotente, con una gracia integrada a la trama que coreografía un vals con los actores. ¿Que si es una obra monumental?, sin duda. ¿Que si es una obra críptica?, probablemente. ¿Que si es la obra de un director en decadencia?, imposible. «Megalópolis» es un glamuroso paseo por la mente de un creador experimentado, un viaje alucinante en una realidad caótica y desesperada, que no hace sino lo que el buen cine puede: reflejarnos, a través de un espejo encantado, nuestro tiempo.




