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¿Podría la niña que fue mi madre, ser mi amiga? Céline Sciamma vuelve a la Cineteca con «Petite maman»

Poster para Nueva Zelanda

“Petite maman” (Pequeña mamá, 2021) el más reciente filme de la guionista y directora francesa Céline Sciamma, a quien tenemos presente aún por su anterior película sobre un romance lésbico situado en el siglo XVIII “Portrait de la jeune fille en feu” (Retrato de una mujer en llamas, 2019), es un paso consecuente en la trayectoria de esta realizadora francesa, que afirma nuevamente sus temas en tanto cine de autor: mostrar la experiencia del ser mujer contada desde y a través del sentir de las mujeres. En «Petite maman» volvemos a ser testigos de su sello personal, que sigilosamente va desdoblando su equipaje de recursos fílmicos de estilo inconfundible a lo largo de la película: la escucha y la espera, la mirada atenta a los detalles, la complicidad, el entendimiento mutuo en los silencios, y la belleza singular que desprende la naturalidad.

Que mejor manera de iniciar una película cuyo trayecto avanza –irónicamente- hacia el pasado, que con un travelling out, que va de un primer plano de la vejez, hacia la aparición de la infancia, seguido por una serie de adioses pronunciados por una niña que va de puerta en puerta hasta llegar al cuarto donde se encuentra su madre, para dar paso a la imagen solemne donde se estampa el título de la película: una mujer sentada de espaldas frente a una ventana, mirando hacia el infinito.

Tráiler de «Petite maman» (Céline Sciamma, 2021)

En estos primeros minutos de la película, el tema ya se nos ha confesado sutilmente y los personajes que nos llevarán por el camino que es necesario recorrer para poder decir adiós, ya se nos han presentado.

La cinta nos cuenta la historia de la joven Marion (Nina Meurisse) y Nelly (Joséphine Sanz), su hija de ocho años. Ambas se encuentran viviendo el duelo por la reciente muerte de la querida abuela de la niña y madre de Marion. Marion lleva a su esposo y a su hija como compañía a su casa de infancia para revisar las pertenencias que ahí yacen de su madre; de repente decide marcharse, al parecer a causa de no poder sobrellevar la pérdida. El padre le dice a la niña que habrá que esperar a que vuelva, que no hay de qué preocuparse. Nelly sale a jugar con una antigua pelota de cuerda que se encuentra en la casa de su abuela; el juguete se rompe, la pelota sale disparada en dirección al bosque, y persiguiéndola, Nelly se encuentra con una niña de su misma edad llamada Marion (Gabrielle Sanz), igual que su mamá, que está construyendo una choza con ramas, tal como la que su madre le había contado que tenía en el bosque cuando niña.

Fuente: Lilies Films

Desde este primer encuentro, la sagaz Nelly se da cuenta de que hay algo muy familiar, misterioso y extra-ordinario en el acontecimiento. Cuando su nueva amiga la invita a visitar su casa, se aterra un poco y sale corriendo rumbo a la suya, como queriendo comprobar lo temido: ambas niñas viven en la misma casa, pero en otro punto del tiempo. A pesar de esta bizarra confirmación, que quizá a un adulto hubiese aterrado, Nelly decide volver al otro día al bosque para jugar con la pequeña Marion.

Las niñas entablarán amistad durante los pocos días que Nelly se encuentra ahí; terminarán juntas de construir la choza en el bosque, interpretarán un juego de rol en donde actúan a varios personajes a la vez (algunos de ellos masculinos), cocinarán para celebrar un cumpleaños, remarán en un bote inflable e incluso dormirán juntas la noche anterior al día en que se despiden. En medio de todo aquello, Nelly hace un descubrimiento que no puede ocultarle a la pequeña Marion: en el futuro ella será su madre. Ambas deciden guardar el secreto, creerlo, y continuar con su amistad. Al despedirse –para siempre-, la madre adulta de Nelly vuelve para reencontrarse con su hija, en una secuencia final con disculpa por la necesaria y figurativa ausencia, cerrando la película en un abrazo de intimidad cómplice irrefutable.

Fuente: Lilies Films

Los personajes de las pequeñas Nelly y Marion, se dan a conocer desde diálogos de pocas y precisas palabras, que fungen como la perfecta tramoya de sus acciones: son niñas exploradoras en solitario, que se expresan con honestidad en frases desarmadoras: “no es que olvides, es que no escuchas”, le dice Nelly a su mismísimo padre.

Las pequeñas corren a toda velocidad una tras la otra –igual que vimos correr a las jóvenes Marianne y Éloïse en “Portrait de la jeunne en feu”- para dar un vistazo hacia el pasado. Nos muestran su complicidad tanto con risas estruendosas, como dejando escurrir la sopa de vegetales de su boca en un gesto de mutuo desagrado. Son niñas comiendo cereal de chocolate que avientan crepas hacia el cielo sin intención de cacharlas, que golpean una pelota con fuerza al grado de romperla, que desbordan de sus recipientes los ingredientes en la cocina, que ayudan a afeitarse a su padre, que dicen que fumar es malo para la salud, que recolectan castañas en el bosque vestidas con overol y chamarrita de colores franceses, que resuelven crucigramas de palabras complejas, que juegan en serio y que se comparten las verdades que conocen sobre el futuro.

Fuente: Lilies Films

Las composiciones fotográficas de Claire Mathon dan espacio suficiente a cada elemento dentro del cuadro para ser apreciado y no sofocar la acción de los personajes, contribuyendo de este modo a generar la escucha visual atenta que busca en nosotros la película. Las composiciones excluyen los excesos de movimiento y elementos visuales innecesarios, retomando sólo lo esencial para contar la historia y mantener en vilo el deseo de saber qué está pasando, de poder sentir lo que ocurre dentro de la escena.

La paciente observación de los personajes logra capturar planos suaves y aterciopelados en momentos como la escena en que juegan juntas en la mesa las hermanas Sanz y sus primeros planos del rostro alternan, o el momento en que la pequeña Nelly se encuentra resolviendo un crucigrama con su abuela siendo más joven, después de pedirle ayuda para hacer un nudo en su corbatita.

Fuente: Lilies Films

El sonido de Valérie Deloof envuelve la película en un ambiente hogareño de fricciones de ropa y pasitos en la duela, en contraste con una frescura casi sensorial del choque del viento con las hojas del bosque. La única música que suena durante la película es “la música del futuro”, una pista que Nelly le muestra a su pequeña amiga para mostrarle qué se escucha en su tiempo, casi hacia el final de la película.

Del filme se ha destacado su incursión en el realismo mágico, se le ha señalado de gótica y como filme de fantasía; antes que cualquier cosa, esta es una cinta de potencia poética, que nos regala la posibilidad de revisar nuestros adioses no dichos y nos da licencia para imaginarnos como amigas de nuestras madres, de ver hacia el pasado con la seguridad de que encontraremos los espejos del ahora, las razones, los orígenes -quizá también las explicaciones- y aún más trascendente: plantearnos la compresión del otro como un camino posible, que quizá alumbre a su vez nuestros propios senderos.

Entre los aciertos narrativos de esta película se encuentran la aparición de un personaje tradicionalmente no asimilado, «imperfecto» ante los cánones, una madre de la que aún hoy en día es difícil hablar: aquella a la que le cuesta trabajo allegarse a su hija, que está triste por motivos ajenos a su pequeña y que sin embargo puede generarle dudas sobre su propia responsabilidad de ello, dejándole una sensación de culpa que sólo podría esclarecerse al escuchar frases certeras como “tú no inventaste mi tristeza”. Además, podemos ver que cuando las niñas de esta película construyen un refugio, no sólo lo hacen funcional, sino que además lo adornan, dejándonos absortos en una metáfora flotante: no basta con construir una casa, habrá que volverla hogar.

Por otro lado, sin necesidad de grandes recursos materiales se plantea un paralelismo de espacio y tiempo en pasado-presente-futuro a partir de la marca que deja la pintura alrededor de un refrigerador en la pared, un indicio suficiente para reconocer el cambio de época y el viaje temporal que se efectúa sin necesidad de trajes aerodinámicos, efectos especiales, o grandes tecnologías futuristas.

Fuente: Lilies Films

En dónde podríamos sino en el arte buscar un pedazo de nuestra historia, cazar un rayo de verdad, la esperanza de responder alguna eterna duda oculta: “Petite Maman” es una película que evoca, pues toca un tema universal y nos permite hacer una pregunta tan tierna como grave: ¿cómo fue la hija que llegó a ser nuestra madre?, poniendo así en nuestras manos la oportunidad de pensar si podría ser esa niña nuestra cómplice, indagar sobre cuál habrá sido su historia para llevarnos un poco más cerca del abrazo, de la comprensión, de la superación del duelo, de la absolución de imaginarias culpas.

Esta cinta nos invita a comprender los miedos de la otra a través del conocimiento de un fragmento de su historia, a derrumbar la venda que nos permita ver también a la pantera rugiendo al pie de la cama, proponiendo a la madre como la mujer que antes fue una pequeña -con la que seguramente tendríamos afinidades múltiples- para abrazarla y ayudarla a mirar hacia adelante.

Fuente: Lilies Films

La película fue nominada en diversas categorías en múltiples festivales y laureada en el Alice Nella Città y en el Stockholm International Film Festival 2021 por mejor película, en Los Angeles Film Critics Association Awards 2021 por mejor película de habla no-inglesa y en el Mar de Plata International Film Festival 2021 con el premio ADF en cinematografía, por mencionar algunos.

A modo de impresión general, el cine de Céline Sciamma es un cine donde podemos ver a las mujeres siendo personas y no estereotipos de género; seres que sienten miedo, confusión, que realizan tareas cotidianas sin coordenadas tiránicas de belleza normativa, que se divierten, que aman, que gozan. En sus filmes las mujeres son sobre todo seres que observan atentamente, que escuchan con todo su cuerpo, que dicen y hacen lo que piensan; son mujeres que rompen cosas, que juegan, ríen y lloran por asuntos serios que nacen en la complicidad que se genera con otras mujeres, y en dónde los hombres son tan sólo un personaje más y no un eje rector de la trama.

En estos metrajes, son mujeres quienes protagonizan y cuentan sus propias historias, en compañía de otras mujeres.

Fuente: Lilies Films

La película habla simultáneamente del duelo y del futuro, del juego como la vía para el encuentro con el otro y de la empatía como fuente de verdad. Es una oportunidad para incentivar los acercamientos, para imaginar que es posible disminuir la brecha que en ocasiones parece ser tan amplia entre el pasado y el presente. Aquí podemos indagar en los incomprensibles orígenes del ahora, que a causa del avance del tiempo llegan a parecer inaccesibles.

Cuando se pierde a un ser amado, es verdad que se echa de menos la posibilidad de haber dicho “adiós”, simplemente adiós, sin más palabras, sin más sermones. Pronunciar un último “adiós” que nos permita seguir adelante, que nos deje entender y mirar hacia atrás o hacia adelante sin recelo. Es esta la bella generosidad de la película: darnos un momento y un espacio para pensar en los caminos que hay tras nuestra casa, para poder encontrarnos con aquellos que también los han recorrido y que quizá tienen la misma dificultad que nosotros para continuar andando.

«Petite maman» es un largometraje de tan sólo 72 minutos y se encuentra en la cartelera del mes de abril de la Cineteca Nacional de la Ciudad de México.

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